Héroes de La Ciudad
Un vecino, Una Flor
28 de Septiembre del 2026
Imagen Porton de hierro del ex regimiento 7 Coronel Conde, hoy plaza Islas Malvinas
Hay lugares por los que se pasa todos los días sin pensar demasiado. Calles por las que se camina con apuro, esquinas que forman parte del paisaje cotidiano de la ciudad. Pero en La Plata, en la esquina de 19 y 51, hay una estructura que detiene el paso y obliga a mirar de otra manera.
Es un portón de hierro. El único que quedó en pie del viejo Regimiento de Infantería 7 "Coronel Conde".
Donde hoy se levanta el Centro Cultural y la Plaza Islas Malvinas, durante décadas funcionó el cuartel militar. Por ese portón de hierro cruzaron, en abril de 1982, cientos de jóvenes de La Plata, Berisso y Ensenada. Tenían 19 años, los petates al hombro y la mirada llena de incertidumbre. Para muchos de ellos, ese umbral de hierro fue el último punto de contacto con su ciudad, el último lugar donde estrecharon la mano de un padre, recibieron el abrazo de una madre o la mirada final de una novia antes de marchar hacia las islas.
El regimiento ya no está. Las paredes cayeron, el predio se transformó en un espacio público de encuentro y recreación. Pero el portón quedó. Quedó como un testigo mudo de hierro, como una bisagra entre el pasado y el presente.
Cada 2 de abril, la escena se repite con una solemnidad que emociona.
No hace falta un gran acto ni discursos grandilocuentes. Llegan los vecinos. Llegan excombatientes con el rostro curtido por los años, pero con la mirada intacta. Llegan madres, ya ancianas, caminantes silenciosos, familias con chicos de la mano. Y en las barras del viejo portón, una a una, van apareciendo las flores.
Un clavel rojo, una rosa, una flor cortada del jardín de una casa vecina.
El gesto es sencillo, casi íntimo, pero de una densidad histórica enorme. Dejar una flor en ese portón no es solo un acto de homenaje; es una promesa. Es la comunidad diciéndoles a los pibes del 7 Bravo que el tiempo no pudo borrarlos, que la ciudad no olvida y que el dolor de aquella partida hoy se transforma en respeto y gratitud.
A pocos metros, las copas de los árboles del "Bosque de los Caídos" acompañan el murmullo del viento. Allí, los nombres y las placas recuerdan el costo humano que pagó la región en la turba helada de las islas.
Por eso, la Plaza Islas Malvinas es mucho más que un parque. Es un territorio de la memoria colectiva. Y ese portón de hierro, despojado de sus antiguos muros, ya no encierra a nadie: ahora abraza el recuerdo de todo un pueblo que, cada año, vuelve a dejar una flor para que la historia siga viva.
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