El Pulso de la Ciudad
De Parenzo a Berisso
17 de Septiembre del 2026
Imagen Certificado de Servicio Militar de Pinarello Antonio
A veces una historia comienza con una simple línea escrita en un documento. En este caso, comienza con Antonio Pinarello. En su certificado de servicio militar, el documento que acredita su baja con honores del ejército, aparece un lugar: Parenzo. Hoy ese lugar se llama Poreč y pertenece a Croacia, pero cuando Antonio hizo allí su servicio militar formaba parte del Reino de Italia.
Y ahí aparece la primera pregunta: ¿cómo puede ser que un mismo lugar haya cambiado tantas veces de nombre, de bandera y de país, mientras la historia de una persona permanecía unida a él? Para encontrar la respuesta hay que volver atrás, hasta 1918, hasta las orillas del río Piave, donde se libró la Batalla del Solsticio. Allí, en junio de aquel año, las fuerzas italianas consiguieron detener la ofensiva del Imperio austrohúngaro y Nervesa quedó prácticamente destruida. Antonio todavía era un niño, pero aquella tierra estaba entrando en una nueva etapa de su historia. Terminada la Primera Guerra Mundial, el Imperio austrohúngaro desapareció y el mapa de Europa comenzó a cambiar.
En 1920, el Tratado de Rapallo dejó gran parte de Istria dentro del Reino de Italia. Parenzo quedó entonces bajo bandera italiana. Y algunos años después, Antonio, nacido en Nervesa, hizo allí su servicio militar. Dos lugares unidos por la vida de un hombre: Nervesa, marcada por la guerra del Piave, y Parenzo, en aquella Istria que acababa de cambiar de dueño. Pero la historia todavía no había terminado de mover sus fronteras. Llegó otra guerra, Europa volvió a romperse y, el 10 de febrero de 1947, en París, Italia firmó el tratado de paz que puso fin formalmente a la guerra con los Aliados.
Nuevamente el mapa cambió. Gran parte de Istria pasó a formar parte de Yugoslavia, bajo el nuevo orden encabezado por Josip Broz, el hombre que el mundo conocería como Tito. Parenzo dejó de ser italiana y pasó a llamarse Poreč dentro de Yugoslavia. Hoy es Croacia. Un mismo lugar. Distintos nombres. Distintas banderas. Y una historia que parece quedar encerrada en Europa, hasta que aparece Berisso. Porque mientras las fronteras cambiaban al otro lado del océano, Berisso recibía a hombres y mujeres que llegaban con esas mismas historias en las valijas.
Y es justamente ahí donde aparece una de las leyendas más extraordinarias que conserva nuestra ciudad. Cuenta la historia que un joven yugoslavo llegó a la Argentina alrededor de 1930 utilizando el nombre de Walter, que pasó por Berisso, que trabajó en el frigorífico Swift y que caminó por aquellas calles donde convivían inmigrantes llegados de todos los rincones de Europa. Cuenta también la leyenda que aquel Walter se acercó al fútbol, que se enamoró de Estudiantes de La Plata y que sus colores rojo y blanco le recordaban a los de un club de su tierra. Dicen que siguió con admiración a aquella extraordinaria delantera que quedó para siempre en la memoria como Los Profesores.
Dicen muchas cosas. Pero hay algo que debemos dejar en su lugar: no existe documentación suficiente para afirmar que aquel Walter haya sido realmente Tito. Y quizás ahí está justamente la belleza de esta historia. Porque una ciudad también está hecha de las historias que conserva, de las que se cuentan, de las que pasan de una generación a otra, de las que tal vez nunca puedan transformarse en una certeza documental, pero que permanecen porque alguien decidió no olvidarlas.
Y entonces uno vuelve a mirar aquel certificado de Antonio y comprende que aquella palabra, Parenzo, no era simplemente el nombre de un lugar escrito en un papel. Era una puerta. Una puerta que nos llevaba desde Nervesa hasta Istria, desde Italia hasta Yugoslavia, desde una guerra hasta otra, desde las fronteras de Europa hasta una calle de Berisso. Porque Antonio estuvo allí. Porque aquella tierra cambió de bandera después de que él la conociera.
Porque quienes vivieron en esos lugares cruzaron el océano y trajeron consigo sus recuerdos, sus nombres, sus historias y sus nostalgias. Y porque, muchos años después, una leyenda sobre un hombre llamado Walter volvió a poner a Berisso en el centro de una historia que parecía pertenecer solamente a Europa. Tal vez por eso una ficha, un certificado militar o una vieja fotografía pueden ser mucho más que un documento.
Pueden ser una ventanilla. Uno la abre y descubre que detrás de un nombre hay una ciudad, detrás de una ciudad hay una guerra, detrás de una guerra hay una frontera, detrás de una frontera hay una familia y detrás de esa familia puede estar nuestra propia historia. Porque las fronteras cambian. Los países cambian. Los nombres cambian.
Pero las historias siguen viajando. Y aquella que comenzó con Antonio en Nervesa y apareció escrita años después en un certificado con una palabra tan pequeña como Parenzo, terminó cruzando el océano y encontrando su estación, una vez más, en Berisso. Porque de eso se trata El Tranvía del Tiempo: de abrir una ventanilla y descubrir que una historia que parecía estar a miles de kilómetros siempre estuvo viajando hacia nosotros.
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