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Teléfono a Disco de Entel
29 de Mayo del 2026
imágen Teléfono a Disco de Entel
El silencio de la siesta en la calle 12 se interrumpía con un sonido metálico y rítmico, un repiqueteo que hoy suena a pura nostalgia: el girar cansino del disco de aquel teléfono de ENTEL, exactamente como el que se ve en la imágen. En la casa de la familia Pinarello, allá en la calle 12 entre la 158 y la 159, ese aparato color marfil no era un simple objeto decorativo ni un lujo individual; era, en realidad, el verdadero epicentro de toda la manzana, una terminal compartida de esperas, alegrías y urgencias. En aquella época, tener un teléfono era poseer un puente hacia el resto del mundo, y el número 613733 no le pertenecía solo a una casa, sino a todo el barrio. Los vecinos cruzaban la calle con un papelito arrugado en la mano o con la ansiedad reflejada en la cara para pedir permiso y hacer un llamado importante. A su vez, los Pinarello, con esa hospitalidad de puertas abiertas tan propia de antes, se convertían en los mensajeros oficiales del destino. No era raro escuchar el grito que volaba por el patio o por encima de la ligustrina avisando que alguien llamaba desde lejos, obligando al vecino a salir corriendo para atender antes de que se cortara la comunicación. Con los años, el progreso estiró el número al 4613733, marcando el crecimiento de una ciudad que empezaba a latir más rápido, pero que aún conservaba intacto ese rito de comunidad.
Mirando hoy ese cable enrulado, resulta inevitable reflexionar sobre una paradoja maravillosa: vivíamos atados a la pared por un cable de apenas un par de metros, pero estábamos muchísimo más desatados y libres que ahora. El teléfono fijo imponía el respeto por el tiempo del otro; no existía la tiranía del mensaje instantáneo, ni la ansiedad del "visto", ni la obligación de estar disponible las veinticuatro horas del día. Si uno no estaba en su casa, simplemente estaba afuera viviendo, jugando en la vereda o arreglando el jardín, sin pantallas que reclamaran la mirada cada cinco minutos. El cable nos obligaba a la presencia física, a quedarnos quietos en un lugar y a escuchar con atención absoluta, dándole a la palabra el valor que se merecía. Hoy, que llevamos el teléfono en el bolsillo a todas partes y nos movemos sin ataduras visibles, parecemos más encadenados que nunca a las notificaciones y al ruido perpetuo. Aquel viejo aparato de ENTEL nos enseñaba que para conectar de verdad con alguien primero había que saber esperar a que el disco terminara de girar, demostrándonos que, aunque el cable fuera corto, el lazo humano que nos unía era infinito.
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