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Incendio Buques Fray Luis Beltran, Cutralcó y Orcadas Puerto La Plata

25 de Mayo del 2026

Incendio Buques Fray Luis Beltran, Cutralcó y Orcadas Puerto La Plata

Imágenes Incendio Buques Fray Luis Beltran, Cutralcó y Orcadas Puerto La Plata

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La noche del 5 al 6 de mayo de 1968, el cielo sobre el Puerto La Plata no se oscureció con las estrellas, sino que ardió con el fuego del infierno. Lo que comenzó como una operación de rutina se transformó, en un parpadeo, en una pesadilla de metal retorcido, fuego líquido y un estruendo que todavía resuena en la memoria colectiva de Berisso y Ensenada.

Cuando el petrolero Islas Orcadas estalló, el tiempo pareció detenerse, solo para acelerarse en una espiral de caos. No fue solo un barco; la magnitud de las explosiones fue tal que la catástrofe se extendió rápidamente a otras dos naves que se encontraban en el Dock Central: el Cutralcó y el Fray Luis Beltrán. En total, tres buques fueron consumidos por las llamas, convirtiendo al puerto en una hoguera gigante. Tal como documenta con precisión el Museo 1871 de Berisso, el siniestro alteró para siempre la tranquilidad de nuestras ciudades.

Las explosiones, sordas y violentas, golpearon el pecho de los vecinos como un martillo de acero, haciendo vibrar los cimientos de casas que, a kilómetros de distancia, vieron cómo sus ventanas temblaban ante la magnitud del horror.

El relato de esa noche no se escribe solo con las llamas, sino con el heroísmo silencioso de quienes, en lugar de correr hacia la seguridad, corrieron hacia la luz cegadora. Los bomberos, los portuarios y los hombres de nuestra tierra —nuestros históricos— se fundieron en un solo cuerpo colectivo. Allí, entre el humo denso que asfixiaba el aire y el olor a combustible quemado, trabajaron a destajo durante días, arriesgando sus propias vidas para combatir y controlar el impresionante siniestro.

Mientras tanto, en las calles, la escena era desoladora. Familias enteras, envueltas en la incertidumbre de la madrugada, huían guiadas solo por el instinto de supervivencia. El ruido de los estallidos se mezclaba con el llanto de los niños y los gritos desesperados de quienes buscaban a sus seres queridos en medio de la confusión. Fue una noche de exilio forzado, donde la comunidad sintió que su hogar y su propia vida pendían de un hilo.

El saldo fue amargo: cuatro vidas se perdieron en la vorágine, y los tres barcos quedaron reducidos a esqueletos de chatarra, mudos testigos de la tragedia. Pero en medio de la pérdida, surgió el valor. Gracias a la labor incansable de aquellos hombres, otros navíos como el Pueyrredón, el Ministro Lobo y el Perito Moreno fueron alejados del foco del fuego, evitando que el desastre fuera absoluto.

Esa semana de lucha no solo fue una batalla contra el fuego; fue una lección de resiliencia. Cuando las llamas finalmente cedieron y el humo se disipó, quedó grabada para siempre la imagen de un pueblo que, ante la adversidad más atroz, se mantuvo unido. Aquellos hombres que enfrentaron el infierno no solo salvaron barcos; con su valentía, protegieron el corazón de nuestras ciudades, dejando un legado de honor que, a décadas de distancia, sigue vibrando en la memoria de Berisso.

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