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Cine Teatro San Martín / Rex

14 de Mayo del 2026

Cine Teatro San Martín / Rex

Imágen Cine Teatro San Martín / Rex

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Hubo un tiempo en Berisso donde la magia no venía por fibra óptica ni satélite; la magia se escondía detrás de un telón de pana bordó, a mitad de cuadra de la calle Nueva York, entre Marsella y el muro de La Portada. Ahí, donde el ruido del Swift era el latido constante de la ciudad, se levantaba el Cine San Martín. Pero fue en 1944, cuando Domingo Leverato tomó las riendas y lo rebautizó como Cine Rex, que el edificio se convirtió definitivamente en el templo de nuestra infancia.

Entrar al Rex era como entrar a un teatro de los de antes, una versión nuestra y obrera del Cine París de La Plata. Tenía esa elegancia de palcos laterales, una platea alta que te hacía sentir importante y un aroma a madera y celuloide que se te pegaba a la ropa. Por apenas 10 centavos, uno compraba el pasaporte a otro mundo.

¿Quién no recuerda el ritual de los volantes? Esos papelitos que los pibes repartían por la calle y que leíamos como si fueran el código fuente de la felicidad. Ahí se decidía todo: la Matinée de las 16, el Vermú de las 19 o la función de Noche a las 21. A las 23 se apagaba todo, porque Berisso era una ciudad que madrugaba, pero en esas dos horas, el blanco y negro de la pantalla nos pintaba la vida de colores.

El Rex nos enseñó el valor de la espera con aquel cartel de "CONTINUARÁ..." que nos dejaba el corazón en la garganta. ¿Cómo se salvaba el protagonista de "El Potro Pinto"? ¿Qué pasaba en el próximo episodio de "El Imperio Submarino"? Si un jueves no podías ir, estabas desconectado del sistema; tenías que buscar a un amigo que te hiciera el "debug" de la película para no quedar afuera de la charla en la esquina.

Crecimos con los "conboys", con el lazo del Llanero Solitario y la magia de Mandrake. Y también crecimos con el miedo, ese "julepe" lindo que nos daba "La mano que aprieta", haciéndonos volver a casa a las corridas, mirando las sombras de los frigoríficos como si fueran monstruos al acecho.

El edificio físico ya no está, se lo llevó el tiempo, como a tantos comercios. Pero el Rex no murió del todo. Quedó en el recuerdo de los que, ya cerrado, nos colábamos entre las butacas vacías y los telones empolvados, escapando del cuidador, como si buscáramos los fantasmas de Tom Mix entre las ruinas.

Hoy, en este viaje por la memoria, rescatamos al Rex. No es solo un archivo, es nuestra identidad. Porque antes de ser técnicos, desarrolladores o laburantes, fuimos esos chicos sentados en la oscuridad, esperando que la luz del proyector nos contara quiénes podíamos ser.

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