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Lino Pinarello - Berisso, Septiembre de 1992

26 de Abril del 2026

Lino Pinarello - Berisso, Septiembre de 1992

Imágen Lino Pinarello

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FP: Viejo, hoy quiero que dejemos el martillo un minuto de lado. Siempre hablamos de los muebles, de las maderas duras y los encastres, pero pocas veces nos detenemos en la historia que trajo esas manos hasta acá. Tu padre, mi abuelo Antonio, cruzó el mar dos veces por amor. ¿Cómo se sentía crecer bajo el ala de un hombre que había jurado regresar a Italia solo para buscar a su Ángela?

LP: (Se limpia las manos con el delantal, con la mirada puesta en un rincón del taller) Es que lo de mi viejo no fue solo un viaje, fue un mandato. Él siempre contaba que esos cuatro años en Córdoba, trabajando la tierra bajo el sol, fueron como siglos. Pero cada moneda que guardaba era un pedazo de ese puente hacia Treviso. Yo nací en 1932, apenas un año después de que él lograra traer a mamá. Imaginate lo que era esa casa: yo soy el resultado de esa promesa cumplida. Nací en Córdoba, pero mi vieja me trajo en la panza durante todo ese viaje de regreso en el barco. Soy, literalmente, un hijo de esa travesía.

FP: Berisso fue el puerto definitivo en 1936. Allí te criaste, entre el frigorífico y el puerto. ¿Cuándo sentiste que lo tuyo no iba a ser el frío del Armour como el abuelo, sino el calor de la madera?

LP: Fue algo que me nació. A veces pienso que el talento es una memoria que uno trae de antes. Mi viejo trabajaba duro en el frigorífico, era un hombre de fierro, pero yo miraba la madera y sentía que ahí había algo que rescatar. Empecé de joven, sin maestros, solo escuchando el material. Abrí esta carpintería en Guayaquil y Ensenada porque necesitaba mi refugio. El abuelo me enseñó el respeto por el trabajo honesto, y yo lo traduje a las gubias y los cepillos.

FP: El año 1955 marcó un quiebre para todos. La abuela se fue en ese accidente y el abuelo quedó solo con ustedes. ¿Cómo hizo un hombre que perdió al amor de su vida para transformarse en ese patriarca que hoy recordamos?

LP: Eso fue lo más grande que vi en mi vida. El viejo se apagó por dentro, su risa se fue con ella, pero no se quebró. Se calzó las botas y siguió yendo al Armour como un autómata, solo para que a nosotros no nos faltara nada. Fue padre y madre. Se cargó la orfandad nuestra al hombro con una dignidad que todavía me estremece. Su amor por mamá era tan grande que, al perderla, ese amor se volcó entero hacia nosotros. Trabajaba en el frío del frigorífico para darnos el calor del hogar.

FP: Esa perseverancia ítalo-argentina está en cada mueble que hacés. Aquí en la ciudad la gente busca algo que dure para siempre. ¿Es esa tu forma de honrar la memoria de los viejos?

LP: Exactamente. Cuando un cliente entra al taller, no le vendo madera, le doy una parte de mi alma y de mi historia. Mis manos tienen los años y los golpes, pero también tienen la precisión de quien sabe que un mueble bien hecho es un legado. Los muebles de hoy son descartables, pero lo que yo hago tiene que resistir, como resistió el abuelo. La madera conecta a las personas con sus raíces. En cada golpe de martillo, yo siento que estoy devolviendo un poco de esa honestidad que me enseñaron en casa.

FP: El abuelo se fue en paz en 1988, como si finalmente hubiera terminado de cruzar ese puente para reencontrarse con su amada. ¿Sentís que este taller es tu propio puente?

LP: Sí, hijo. Este taller es mi paz. Acá el tiempo se detiene. Cada viga me cuenta un relato de mi gente. Mi viejo cruzó el océano por amor, y yo cruzo los días dándole forma a la madera por el mismo motivo. Cuando yo no esté, quiero que me recuerden así: como un hombre que amaba lo que hacía y que respetaba la madera tanto como a su historia. El futuro no se espera, se construye, y yo lo construí acá, entre estos aromas de cedro y pino.

FP: Al final, el abuelo Antonio construyó un puente de agua y vos construiste uno de madera. Me dejás la vara alta, pero también el camino marcado.

LP: (Me pone una mano en el hombro, dejando una marca de aserrín) El camino ya lo tenés, Fabián. No importa si es con madera o con tecnología; lo que importa es que lo que hagas, lo hagas para que dure, con la misma honestidad con la que los viejos cruzaron el mar.

FP: Don Antonio cerró los ojos en Berisso para abrirlos en la eternidad con Ángela. Y hoy, en este taller, parece que el tiempo no pasó. Gracias por enseñarme que el amor es el único material que no conoce de polillas ni de olvido.

LP: Así es, hijo. La madera es eterna si se la trata con cariño. Y la historia de nuestra familia... esa es la madera más noble de todas.

Lino Pinarello nos dejo en noviembre del 2006, pero esta charla, rescatada de los archivos y el corazón del taller, sigue viva cada vez que alguien toca una de sus obras. En Berisso, el aroma a madera fresca siempre llevará su nombre.

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