Cenefa

Entrevistas


Guido Zecchel - Berisso, Septiembre de 1986

24 de Abril del 2026

Guido Zecchel - Berisso, Septiembre de 1986

Imágen Guido Zecchel

  • Cargando voces...
Don Guido Zecchel nos recibe en su casa de La Plata, donde se respira la paz de una vida dedicada al trabajo. Sus ojos, profundos y oscuros, nos observan con una calma que desmiente la juventud que tuvo que enfrentar el infierno. Nacido en Treviso, en la región del Véneto, Don Guido es parte de esa generación que dejó la belleza de Italia para encontrarse atrapada en el torbellino de la Segunda Guerra Mundial.

De Treviso al Frente: La Guerra Inevitable

P: Don Guido, muchas gracias por su tiempo. Su historia es la de una supervivencia increíble. Usted era un joven de Treviso cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. ¿Cómo fue ese momento en el que tuvo que alistarse??

GZ: (Suspira, con las manos apoyadas en sus rodillas) Uno no elige la guerra, ¿sabe? La guerra lo elige a uno. Yo era joven, con ganas de trabajar en mi tierra, de tener mi familia. Pero cuando la patria llama, el deber es fuerte. Me alisté con la esperanza de que fuera rápido, de que pudiera volver a mi Treviso. Nunca imaginé el camino que me esperaba.

P: El destino lo llevó lejos. Las fuerzas alemanas lo capturaron. ¿Qué sintió al encontrarse tras las alambradas de un campo de prisioneros?

GZ: Miedo, al principio. Mucho miedo. Pero el miedo da paso al vacío, y luego, a la rabia. Éramos números, no hombres. Todo era gris. Barracones, el frío que te calaba los huesos, y el hambre. El hambre, ah, es el enemigo más cruel. Te quita la dignidad, te quita la memoria.

P: Se ha dicho que en esas condiciones extremas, la supervivencia exige sacrificios impensables. ¿Cómo lograban ustedes, los prisioneros, mantenerse con vida con el racionamiento?

GZ: (Su voz se endurece un momento, mirando a un punto fijo) La gente no lo entendería. Uno hace lo que tiene que hacer. Para seguir viviendo, para no dejar que el alma se rinda. Había días en que no quedaba nada, que el dolor en el estómago era insoportable. Si había ratas, si había lo que fuese que te daba una pizca de energía... no te preguntas. Solo sobrevives. Es la ley de la naturaleza. Pero lo importante no era lo que comías, sino la solidaridad. El compartir lo poco que tenías. Eso era lo que nos hacía humanos.

P: Usted se convirtió en un faro de esperanza para sus compañeros, contándoles historias y cantando.

GZ: Era lo único que teníamos, el recuerdo. Si cerrábamos los ojos y yo les cantaba una canción de nuestra tierra, estábamos en Italia por un minuto. Les contábamos los aromas, el vino, los campos de Treviso. Eso nos recordaba que había una vida esperando. La esperanza es el único alimento que no se termina en la guerra.

La Fuga y la Promesa de Argentina

P: En un momento de la noche, usted y un compañero lograron escapar. ¿Cómo fue esa huida, con el miedo a ser recapturados?

GZ: Fue la decisión de un segundo. Vimos una oportunidad y solo corrimos, sin pensar. Un compañero y yo. Conseguimos unas bicicletas viejas, no sé de dónde, y solo pedaleamos. Pedaleamos dos días, dos noches, sin parar, por caminos que no conocíamos, con el sonido de los disparos aún en la cabeza. No pensábamos en el hambre ni en el cansancio. Solo pensábamos en Italia. La imagen de mi tierra natal me daba la fuerza en las piernas.

P: Finalmente, llegó a Treviso, pero la vida en la posguerra también era incierta. ¿ Cuándo toma la decisión de venir a Berisso?

GZ: Mis hermanos ya estaban aquí. Habían venido antes, buscando escapar de la brutalidad que se sentía en Europa. Me dijeron: "Aquí hay paz, Guido. Aquí hay trabajo". La guerra me había quitado mi juventud, pero no mis manos. Aquí me reencontré con mi familia y pude dedicarme al oficio de techista. Era un trabajo honesto, bajo un cielo tranquilo. Esa fue mi recompensa.

El Legado de la Calma

P: Usted ha vivido en Berisso y ha visto crecer esta ciudad. ¿Qué le dejó la experiencia de la guerra que aplica en su vida diaria?

GZ: Si bien vivo en La Plata, Berisso también es mi Patria. La calma. La absoluta calma. Después de ver lo peor del ser humano, uno aprende a valorar el sol de la mañana, un plato de comida en la mesa, y el silencio. Nada es tan grave como un campo de prisioneros. Por eso, mi consejo a los jóvenes de hoy es que no pierdan la paz por cosas pequeñas. Que valoren la familia y el trabajo.

P: Su historia es un testimonio de resiliencia.

GZ: La vida me dio batallas, pero me dejó el alma intacta. Los años después de la guerra fueron un regalo. Vivir en La Plata, con mi familia en Berisso, tener un hogar, es la verdadera victoria.

Comparte en tus Redes Sociales:

TikTok Logo WhatsApp Logo Instagram Logo

Deja tu comentario

Su direccion de correo electronico no sera ublicada, los campos obligatorios estan marcados.