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Marcelo Blanco, 76 años, oriundo de España - Berisso, Septiembre de 1995

24 de Abril del 2026

Marcelo Blanco, 76 años, oriundo de España - Berisso, Septiembre de 1995

Imágen Marcelo Blanco

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Nos encontramos con Marcelo en su casa de Berisso, donde ha echado raíces a lo largo de décadas. A sus 76 años, sus ojos reflejan el peso de un viaje que lo marcó para siempre, un viaje que lo trajo desde España hasta la Argentina.

P: Marcelo, es un honor poder conversar con usted. Su partida de España es un momento muy emotivo. ¿Qué recuerda de ese día y, en especial, de las palabras de su padre cuando se despidieron?

MB: (Una pausa, una mirada que se pierde en el tiempo) Era el 24 de enero de 1936, recuerdo el puerto, el olor a sal, el bullicio. El viaje fue una incertidumbre. Pero lo más duro fue la despedida de mi padre. Él me abrazó fuerte y me dijo una frase que nunca olvidé: "Te vas a la Argentina y no te veo más". Yo, con la inocencia de un joven, le respondí: "Sí, papá, voy a volver". Pero él tenía razón. No lo volví a ver nunca más.

P: Imagino la angustia de ese viaje y el momento de su llegada, en el que se encontró solo al ser menor de edad. ¿Qué pasó cuando pisó tierra argentina?

MB: El barco llegó el 7 de febrero. Al desembarcar, me encontré solo. Tuve que dormir en las oficinas de migraciones por ser menor de edad, una noche llena de miedo e incertidumbre, sin saber qué me depararía el día siguiente. Fue una experiencia muy solitaria. Afortunadamente, mi hermano mayor, que ya vivía aquí, me vino a buscar. Su cara fue mi salvación. Él me dio una nueva vida y me trajo a esta ciudad, donde pude empezar de nuevo.

P: Dejar a su familia —padres, hermano y hermana— fue un acto de gran valentía. ¿Cómo se sintió al tener que dejar a los suyos y construir una nueva vida tan lejos de sus raíces?

MB: Dejar a mi familia en España fue el precio de la esperanza. El desarraigo es una herida que no se cierra, una sensación de vacío. Sin embargo, en Berisso encontré una nueva familia, nuevos amigos y una vida que, aunque lejos de mis raíces, me dio la oportunidad de crecer. Por eso digo que la Argentina me dio todo. Me dio un futuro, aunque me haya costado el pasado.

La adaptación a una Nueva Vida

P: ¿Qué fue lo más difícil de la adaptación a Berisso, más allá de la lejanía? ¿Y cómo lo ayudó su hermano en ese proceso?

MB: Lo más difícil fue el idioma. Aunque el español es similar, el acento, las palabras, todo era nuevo. La gente hablaba muy rápido. Mi hermano me ayudó mucho con eso, pero sobre todo, me enseñó a trabajar. Me dio un oficio. Trabajamos en lo que saliera. Él me inculcó la ética del esfuerzo, la idea de que aquí, si trabajabas, podías construir un futuro. Fue mi guía, mi padre y mi amigo en esta tierra.

P: Usted ha sido testigo de la evolución de Berisso, una ciudad forjada por inmigrantes. ¿Qué le diría hoy a los jóvenes de la ciudad que a veces desconocen la historia de sus abuelos?

MB: Les diría que la identidad de Berisso está en las manos curtidas de sus abuelos, en las recetas de sus abuelas, en los cantos de sus bisabuelos. Que no se olviden de esa herencia. Esta ciudad no se construyó de la nada. Se construyó con sacrificio, con un amor profundo por la tierra que nos dio una segunda oportunidad. El mayor legado que podemos dejarles es ese: la memoria de que la fuerza de una comunidad reside en la unión, en el respeto por las diferencias y en el trabajo. Que valoren sus raíces, pero que sigan construyendo su futuro con la misma fuerza que nosotros.

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