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Pablo Serasari - Berisso, Septiembre de 1989

24 de Abril del 2026

Pablo Serasari - Berisso, Septiembre de 1989

Imágen Pablo Serasari

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Nos recibe en la puerta de su casa con una sonrisa cálida y una mirada serena, llena de la sabiduría de quien ha vivido más de medio siglo. Don Pablo Serasari, a sus 66 años, es un testigo silencioso de una época de cambios y esperanza. Sentado en su sillón, con las manos que una vez fueron las de un joven trabajador, nos invita a recorrer el viaje que lo trajo de una lejana Italia a esta tierra que lo recibió y le dio un nuevo destino.

P: Don Pablo, usted llegó a Argentina el 4 de junio de 1949. ¿Qué recuerda de ese momento tan crucial en su vida, el momento en el que se despidió de Italia?

PS: (Su voz se quiebra ligeramente al recordar) Fue un adiós que no tuvo lágrimas, porque mi padre no lo permitió. Él vio lo que la guerra había hecho en nuestra tierra y el miedo se le metió en el alma. Me dijo: "Tienes que irte, Pablo. Yo te pago el viaje. En esa nueva tierra no habrá más guerra." Era una orden, un acto de amor para salvar a su hijo. Pero la despedida de mi familia... eso es algo que nunca se olvida.

P: Entonces, el miedo a la guerra lo trajo hasta aquí. ¿Cómo fue ese primer contacto con la Argentina?

PS: Llegué a un mundo que no entendía. El calor, el idioma que sonaba tan extraño... todo era un shock. Pero debajo de todo ese miedo, había una promesa. La promesa de un futuro, de un lugar donde uno podía trabajar sin el sobresalto de los bombardeos.

De Italia a Berisso: una familia

P:¿Fue difícil comenzar de cero?

PS: Si, fue muy duro. Fue un trabajo duro, pero con un sueldo seguro. Lo más importante, el trabajo me dio un lugar, un propósito. Sentía que arreglaba un pedacito de mi vida. Forme mi familia con mi esposa y mis dos hijos... ellos son la razón de mi vida, mi mayor orgullo.

P: Don Pablo, después de tanto sacrificio, de tanta vida construida aquí... si tuviera que responder, ¿cuánto quiere a la Argentina?

PS: (Se acomoda en su sillón, su mirada se vuelve firme y profunda) Hasta la muerte. En esta tierra me hice hombre, construí mi familia, encontré paz. Aquí están los vivos que más amo. Es mi hogar.

P: Usted volvió a Italia. ¿Se arrepiente de haber emigrado a la Argentina?

PS: (Con una sonrisa triste) Al principio, me dolía en el alma. Extrañaba el sonido de las campanas, las calles que conocía de niño. Pero la vida, el trabajo, mis hijos... todo me ató a esta tierra. La idea siempre fue volver a visitar a la familia. Ya mis raíces eran profundas aquí.

Un legado de esfuerzo y esperanza

P: Don Pablo, su vida es el reflejo de miles de historias. ¿Qué consejo le daría a las nuevas generaciones que buscan un futuro?

PS: Que no se olviden de dónde vienen. Pero que vivan y construyan su futuro con las manos, con esfuerzo, con amor. La vida es un camino, y si se trabaja duro, se puede llegar lejos. Y que, sobre todo, cuiden a la familia, porque es el motor de todo. Lo demás, viene con el tiempo, con paciencia y con fe.

P: Pablo, dentro de la rica historia de la inmigración italiana en Berisso, siempre se menciona a los grupos con identidades tan marcadas como los "Alpini". ¿Qué nos puede contar sobre la presencia de los alpinos en la ciudad? ¿Mantenían sus tradiciones, como las canciones o los encuentros, en Berisso?

PS: Es un tema que se respira en el aire de Berisso, especialmente en los hogares de quienes vivieron esa época. Sí, los 'Alpini' tienen una presencia muy fuerte en la comunidad. Es una agrupaciòn donde podemos cantar nuestras canciones de montaña, recordar a nuestros compañeros y compartir las experiencias de la guerra. Todos los años desfilamos en el cierre de la Fiesta del Inmigrante.

P: Don Pablo, ¿Cómo ve usted a la Argentina de hoy?

PS: A la Argentina la veo como un barco con un motor increíblemente fuerte, pero a veces, el timón se nos pierde. Somos un país con una riqueza humana inmensa, construida a base de los sueños de quienes vinimos de todas partes del mundo. La identidad del inmigrante no es un simple recuerdo, es un pilar.

La tarde cae sobre Berisso y el silencio en la sala de Don Pablo parece llenarse con el eco de aquellas campanas italianas que alguna vez extrañó. Sin embargo, al verlo hablar de sus hijos y de su firme decisión de amar esta tierra "hasta la muerte", comprendemos que la verdadera patria no es donde uno nace, sino donde echa raíces y decide dar sus frutos. Don Pablo se queda en su sillón, custodiando los recuerdos de un viaje que comenzó con el miedo a la guerra y terminó con la paz de una familia unida. Un hombre, una valija y una vida entera que hoy es parte del ADN de nuestra ciudad.

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