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Antonio Gerónimo Pinarello, nacido el 30 de Septiembre de 1906 - Berisso, Septiembre de 1986

24 de Abril del 2026

Antonio Gerónimo Pinarello, nacido el 30 de Septiembre de 1906  - Berisso, Septiembre de 1986

Imágen Antonio Pinarello

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Nos recibe en su casa de Berisso con una sonrisa amable y una mirada que, aunque el tiempo ha marcado, todavía conserva la vivacidad de quien ha visto mucho. Don Antonio Gerónimo Pinarello, con 80 años recién cumplidos, es un hombre que encarna la historia de la inmigración italiana en Argentina. Sentado en su sillón, rodeado de fotografías en blanco y negro, nos invita a recorrer su vida, una vida que comenzó lejos, en la región del Véneto, y que encontró su hogar definitivo en esta tierra.

P: Don Antonio, muchas gracias por recibirnos. Es un honor poder conversar con usted en este año tan especial, en el que celebra 50 años viviendo en Berisso. ¿Cómo se siente al recibir este reconocimiento?

AP: (Con una voz un poco quebrada por la emoción) La verdad, es algo muy lindo. No esperaba un diploma por vivir, pero me hizo recordar todo lo que pasamos. Cincuenta años es mucho tiempo. Llegué aquí en 1936, y este lugar me abrió las puertas. Aquí construí mi vida, mi familia. Este diploma no es solo mío, es de todos los que vinimos a buscar un futuro.

P: Hablemos de ese comienzo. Usted nació en Nervesa della Battaglia, en la provincia de Treviso. ¿Qué recuerda de su infancia en Italia?

AP: (Sus ojos se pierden en el recuerdo) Ah, la bella Italia… el río Piave, el verde de los campos, el sonido de las campanas. Era una vida sencilla, de mucho trabajo, pero con la familia cerca. La Primera Guerra Mundial pasó por nuestra tierra, y eso marcó a todos. El servicio militar me tocó en 1926. Después de eso, uno ya no era el mismo. La situación en Europa era difícil, y la idea de buscar un futuro mejor empezó a crecer.

P: Sabemos que su primer viaje a Argentina fue en 1927, un viaje en soledad que tenía la gran promesa de volver por su amada. ¿Cómo fue ese reencuentro en Italia en 1931, el casamiento con Angela Zecchel en agosto, y cómo vivieron el segundo viaje a la Argentina, esta vez juntos, en el Conte Verde, hasta llegar aquel 30 de diciembre?

AP: ¡Ah, ese primer viaje! Yo tenía 21 años. Vine en 1927. Era una búsqueda, sí, pero también una promesa. Estar solo en Córdoba, trabajando, era duro, pero el pensamiento de Angela me sostenía. Cuando volví a Italia en 1931, el reencuentro fue todo lo que soñé. Nos casamos en agosto, y unos meses después, ya éramos dos en el Conte Verde.

Fue un viaje largo, muy largo, como el primero, pero esta vez con ella a mi lado. Salimos de Génova. Éramos miles con la misma esperanza, pero ahora yo tenía mi fortaleza conmigo. Nos dábamos la mano, sabiendo que, esta vez sí, no habría vuelta atrás. Llegamos un 30 de diciembre de 1931. El calor, el idioma ... fue un shock, pero con Angela, esa energía y promesa en el aire eran mucho más fuertes.

P: Su primera experiencia fue en Córdoba, entre 1927 y 1931. ¿Qué lo impulsó a establecerse allí primero y cómo fue esa vida solitaria esperando el momento de reunirse con Angela? Y luego, al volver con ella, ¿por qué decidieron quedarse esos primeros cinco años en Córdoba antes de ir a Berisso?

AP: Vine a Córdoba en 1927 porque teníamos algunos conocidos allí. Necesitaba asentar una base. Esa primera etapa fue de trabajo constante y de espera. Trabajé en lo que pude, en el campo, en la construcción. No era fácil, pero todo era para volver por Angela. Cuando regresamos juntos en el 31, teníamos la esperanza de que la vida mejoraría allí. La vida fue dura, muy dura al principio, pero siempre pensamos que era un paso más hacia adelante. Nos quedamos cinco años más porque era donde teníamos la red de conocidos. Luego, a los cinco años de nuestra llegada juntos (cerca de 1936), escuché que en Berisso, con los frigoríficos, se necesitaba gente. Y así fue como, buscando una mejor oportunidad, llegamos aquí.

De Italia a Berisso: un destino en el frigorífico

P: Berisso en 1936 era un centro industrial muy activo. ¿Cómo fue su primer contacto con el frigorífico Armour?

AP: Era un mundo aparte. El ruido de las máquinas, el olor a carne, el frío. Al principio me costó adaptarme, el trabajo era pesado, pero el sueldo era seguro. Con los años, fui aprendiendo el oficio, me gané la confianza de los capataces. Lo más importante, el trabajo me permitió formar mi familia. Con Angela tuvimos cuatro hijos. Ellos son mi mayor orgullo. Verlos crecer aquí, en esta tierra, fue la recompensa más grande.

P: La vida del inmigrante no es solo trabajo. ¿Qué sacrificios tuvieron que hacer?

AP: Se deja todo. Se deja la familia, los amigos, el idioma, la comida. La nostalgia es la compañera más fiel. Todas las noches uno se acuesta pensando en lo que dejó atrás. Extrañaba a mis padres, a mis hermanos, a mis tíos... pero la vida en Argentina me dio una nueva familia, nuevos amigos. Era una elección: mirar hacia adelante o quedarse anclado en el pasado. Y siempre elegimos avanzar.

P: Una de las tragedias más grandes que le tocó vivir fue la pérdida de su esposa, Angela, en un accidente en 1955. ¿Cómo superó ese golpe?

AP: (Se le llenan los ojos de lágrimas) Eso fue lo más duro. Mi Angela… ella era el pilar de la casa, la que mantenía la familia unida. Su partida dejó un vacío inmenso. Los hijos eran mi motor, me aferré a ellos para seguir adelante. Su recuerdo está en cada rincón de esta casa. Siempre la llevo en mi corazón.

Un legado de esfuerzo y esperanza

P: Don Antonio, a lo largo de los años, usted nunca volvió a Italia. ¿Por qué?

AP: La vida, el trabajo, la familia... siempre había algo que me retenía. Y, con los años, la idea de volver ya no era la misma. Mi hogar, mi vida, está aquí en Berisso. Mis hijos, mis nietos, mis bisnietos... todos son argentinos. Y esa es mi mayor herencia. Quizás en mi corazón, una parte siempre será italiana, pero mi alma es argentina.

P: Y ahora, 50 años después de su llegada a Berisso, ¿qué consejo le daría a las nuevas generaciones?

AP: Que no se olviden de dónde vienen, pero que construyan su futuro con la misma fuerza que nosotros. Que valoren el trabajo y el esfuerzo, porque nada se regala. Y, sobre todo, que cuiden a la familia. La familia es el motor de todo. Lo demás... lo demás viene con el tiempo, con paciencia y con fe.

Don Antonio nos despide con un apretón de manos fuerte y una sonrisa cálida. Su relato no es solo la historia de un hombre, sino la de miles. Es el testimonio de la valentía de quienes, con una maleta llena de sueños y el alma llena de nostalgia, se atrevieron a cruzar un océano para sembrar un nuevo futuro en una tierra que los recibió con los brazos abiertos. Muchas gracias Nono Tony por tu esfuerzo y dedicación en pos de un futuro mejor para la familia.

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