En los talleres de antes, el aire tenía un olor particular: una mezcla de ozono, resina de estaño y madera vieja. Allí, entre estanterías colmadas de chasis polvorientos y capacitores de papel, Ernesto Merones reinaba sobre un mundo que hoy parece de ciencia ficción, pero que entonces era el corazón del hogar.
Ernesto no solo arreglaba aparatos; él "curaba" voces y luces. Lo que lo unía a mi viejo era una gran amistad, de esas que se sellan con la lealtad y el tiempo compartido. De ese vínculo nació algo especial: la primera radio de mi viejo en 1950, construida pieza por pieza por las manos de Ernesto. No era un aparato de serie, sino una obra artesanal diseñada para que su amigo sintonizara el mundo por primera vez.
Cuando una radio a válvulas estaba en su mesa, Ernesto iniciaba el ritual: ese resplandor naranja, casi orgánico, que empezaba a brotar del filamento. Eran como pequeñas luciérnagas encerradas en vidrio que necesitaban su tiempo para entrar en calor, igual que las charlas que compartían mientras el soldador de punta de cobre humeaba en el soporte.
—“Escuchá, che,”— decía Ernesto, moviendo el dial con precisión milimétrica hasta que el ruido blanco se transformaba en la voz nítida de un locutor o en los acordes de un tango. Ese momento, cuando el sonido volvía a la vida, era una pequeña victoria cotidiana que celebraban juntos.
Para Ernesto, cada televisor o radio era un rompecabezas de alta tensión. Había algo mágico en ver cómo los circuitos cobraban fuerza y cómo el transformador zumbaba bajito, iluminando la habitación con esa luz cálida que solo las válvulas saben dar.
Eran hombres de una época donde las cosas —y los vínculos— se hacían para durar. Si algo se rompía, se arreglaba; no se tiraba. Ernesto ponía el estaño y el ingenio. Hoy queda el recuerdo de aquel taller y de esa radio fundacional, el testimonio vivo de una amistad que sabía que, para que algo suene bien por fuera, primero tiene que estar bien conectado por dentro.
Almas que inspiran es un tributo a personas que no aparecieron en los titulares ni buscaron ser el centro de atención. Su grandeza no se midió en fama, sino en los corazones que han tocado, en las sonrisas que han provocado, en las vidas que han cambiado sin siquiera darse cuenta.
Son esas manos que ayudaron sin que se las pidan, esas miradas llenas de comprensión, esas voces que reconfortan en los momentos más difíciles, en los días grises donde una palabra amable puede ser un refugio, donde un gesto desinteresado puede devolver la fe en la humanidad. Son quienes extendieron la mano cuando nadie más lo hizo, quienes regalan su tiempo, su esfuerzo y su amor sin espera.
Porque la verdadera inspiración no siempre viene de los flashes, sino de aquellos que iluminan el mundo con su esencia, con su bondad natural, con el simple hecho de estar y hacer el bien. Son faros en la niebla de la indiferencia, pequeñas luces que, juntas, hicieron de Berisso un lugar más humano, más cálido, más lleno de vida. Sus actos pueden parecer pequeños a simple vista, pero en realidad fueron los hilos invisibles que tejieron la esencia de la ciudad.