Donde el Tiempo se Detiene
La Maquinista de las Estrellas
13 de Abril del 2026
Imágen ilustrativa de un encuentro q no se pudo dar
La Maquinista de las Estrellas
A veces, el traqueteo de El Tranvía no es metal contra metal. Es el sonido de los años desandándose, de las vías doblando hacia un lugar donde el almanaque no existe. Hay una estación que no figura en los mapas de Berisso, pero que yo conozco bien. Es una estación bañada por un sol extraño, medio italiano, medio criollo.
Allí bajé ayer. No había nadie, pero el aire olía a albahaca y a overol limpio, un aroma que mi abuelo Antonio me había heredado en sus silencios. Caminé hacia la única banca y, de repente, la melodía. No venía de ninguna radio; era un tarareo suave, una canción de Treviso que se colaba entre los ciruelos y las higueras.
Ahí estaba ella. Ángela.
No era la mujer de la foto sepia que amarillea en mi escritorio. Tenía la edad de las promesas, la misma que tenía cuando Antonio la miró a los ojos en 1927 y le juró que volvería. Llevaba un vestido ligero y el cabello recogido, pero lo que me detuvo fue su sonrisa. No era una sonrisa de alegría mundana; era una sonrisa de alivio, de quien sabe que la espera ha terminado.
Me acerqué despacio, como quien no quiere romper un milagro. Ella no se sorprendió. Levantó los ojos y me miró con una profundidad que me hizo temblar. No eran los ojos de una desconocida; eran los ojos que yo había visto, sin saberlo, en los momentos más dignos de mi propia vida.
—Llegaste —dijo, y su voz no era un sonido, era un abrazo que atravesaba setenta años de ausencia. No me preguntó quién era; ella lo sabía. Soy el que tiene su sangre, el que tiene la perseverancia de Antonio y la melodía rota de su partida.
Me senté a su lado. El tiempo se detuvo. No había apuro por contarle nada. Ella ya lo sabía todo. Sabía de los cuatro años en Córdoba, del regreso de Antonio, del hogar en Berisso. Sabía, sobre todo, de ese 1955 en que la luz se apagó, y de cómo Antonio se puso sus botas y se transformó en monumento al amor herido para sostener a los hijos de ambos.
—Tu abuelo tardó en llegar —sonrió, y por un segundo vi en su rostro la eternidad que ella había pasado esperándolo desde 1955 hasta 1988—. Pero cuando abrió los ojos aquí, la paz fue tan dulce que valió cada siglo de soledad.
Me atreví a preguntarle lo que más me pesaba: si estaba bien lo que estaba haciendo, si este Tranvía lleno de recortes y fechas tenía sentido.
Ella extendió la mano. Era fría al principio, pero enseguida se volvió el fuego que guio a Antonio. Me acarició la mejilla con una ternura que yo nunca había sentido, una ternura de madre y de madre de mi padre.
—Estás haciendo algo más que guardar papeles, Fabián —su voz se volvió un susurro que se mezclaba con el viento criollo—. Estás cuidando que el silbato de la fábrica no apague nuestra risa. Mientras vos escribas estos relatos con ese sentimiento, Antonio y yo seguiremos cruzando el mar. No somos pasado; somos la raíz de tu presente. Y las raíces, si no se cuidan, se secan.
Un silbato, esta vez real, de El Tranvía real, sonó a lo lejos. Era hora de volver. Ella se puso de pie. Por un segundo, vi detrás de ella una figura fuerte, de obrero, que la esperaba con paciencia infinita.
Me dio un último beso en la frente. No fue un adiós, fue una bienvenida. Volví a subir al Tranvía, el traqueteo se volvió otra vez metal y adoquín. Pero cuando abrí los ojos frente a la pantalla en mi humilde hogar de Berisso, ya no estaba solo. Tenía la certeza de que Ángela Zecchel no era una foto amarilleada. Era la maquinista invisible que, con su melodía rota, me seguía guiando hacia la estación de la memoria.
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