Entrevistas
Constantino Michalakakis (Costi)
09 de Abril del 2026
Imágen Constantino Michalakakis en su quiosco
Nací en la Maternidad de La Plata el 10 de diciembre de 1945. Mi padre se llamaba Eleuterio Michalakakis y vino a la Argentina en 1927, radicándose de inmediato en Berisso. Falleció a los noventa y nueve años de edad. Su primera actividad fue la de carpintero. Fabricaba casillas de madera y cinc en compañía de su hermano Stavros; las mismas eran las típicas para la mayoría de los inmigrantes, quienes pensaban en algún momento de su vida, retornar a su tierra de origen.
El negocio estaba en la calle Hamburgo.
Mi tío prosiguió con el oficio, pero mi padre entró a trabajar en el frigorífico Swift, como ascensorista en Capones.
BOLETOS DE MICRO POR CUOTAS
Vivíamos en la antigua calle 2 bis de la Villa San Carlos, que tenía una particularidad: había una mayoría griega. Por intermedio de un crédito hipotecario en el año 50, papá compra en la avenida Montevideo 1314.
Recuerdo que las últimas cuotas -la financiera quebró y las deudas las tomó el Banco Hipotecario de Buenos Aires-, las iba a pagar yo -ya grandecito-, en cantidad de seis a siete juntas, ya que cada una de ellas tenía el precio de un pasaje en el Expreso Buenos Aires.
Fueron aproximadamente diez años en estas condiciones, hasta que la vivienda fue nuestra; era de material, con jardín y cochera al frente.
DULCES AL PASO
Todavía trabajaba en el frigorífico, cuando aún mi padre construía mesas de cocina para venderlas a las mueblerías. Así ayudó al ingreso obtenido en la fábrica hasta que pudo poner un quiosco en la cochera, para atenderlo por turnos con mi hermano.
En un momento dado, el frigorífico auspicia el retiro voluntario, a lo que papá no duda ni un instante y accede a ello.
Deciden abrir más temprano, a las 7 horas, momento en el cual la gente comenzaba a ir al trabajo. El cierre era a las 22 horas, ya que las funciones del cine terminaban en ese horario y siempre había alguien que compraba chocolates y golosinas diversas.
BICICLETA POR CARAMELOS
Demetrio, hermano mayor de Costi, a la edad de quince años poseía una bicicleta de carrera marca "Legnano", que decidió vender para comprar mercaderías para sustentar el quiosco que había instalado su padre. El negocio era conocido como "Don Pedro", pues así llamaban a Eleuterio Michalakakis, nombre que provenía del tiempo en que trabajaba en el frigorífico Swift.
LITERATURA DE BOLSILLO
En ese tiempo no se vendían diarios, pero sí revistas. Por reglamentación municipal, el quiosco no puede expender ninguno de los dos, salvo que estén separados del resto de las mercaderías y con otro nombre. En aquellos años, el diariero salía, repartía y volvía a su casa, siéndole cómodo para ellos que nosotros vendiéramos revistas. Pero como luego comenzó a ser interesantemente redituable, ellos pidieron que no lo hiciésemos más, para ocuparse personalmente de su distribución.
Recuerdo algunas revistas típicas y más vendida de esa época: Billiken, Rayo rojo, Pif-paf, Fantasía, la señe de los Patoruzito, Radiolandia, Vosotras, Antena, Para ti, las llamadas mejicanas que se importaban, Roy Rogers, El llanero solitario y muchas más.
Los sábados nos íbamos en tranvía a la distribuidora en La Plata, trayéndonos lo que podíamos cargar. A veces, ellos nos traían los días de semana las revistas que se iban agotando.
Quinteros, quien antes de tener perfumería atendía un quiosco, solía viajar en bicicleta desde Berisso a la vecina ciudad, para cargar una importante cantidad de revistas en la parrilla, las que aseguraba con una soguita.
Tales publicaciones se pagaban contra boleta, devolviéndose las que sobraban. Además de revistas, vendimos billetes de la Lotería Provincial y por supuesto,
cigarrillos, los que nunca se dejaron de ofrecer. En este período de tales billetes, tuvimos que declarar la razón social. El quiosco, en consecuencia, se llamó
"La nueva fortuna".
¿FIAS...?
Como la mayoría de los negocios, nosotros también fiábamos, principalmente cigarrillos, pero de igual modo diarios y revistas, en carácter semanal o mensual de pagos. Eran todas personas de familias conocidas las que lo solicitaban. Y gran número de ellas, trabajaban en los frigoríficos, siendo muy cumplidores al momento de rendir cuentas. Así, al llegar la quincena, lo primero que hacían era saldar su deuda.
Si bien había criollos y extranjeros entre los clientes, era extraño que éstos últimos pidiesen fiado.
CONFIANZA DE ANTAÑO
Hubo un vecino de Ensenada, de apellido Di Plácido, quien siempre comentaba que al llegar a Berisso para adquirir determinado material para arreglar su casa, a cualquier negocio que iba a comprar, todos le fiaban cuando les decía a los vendedores que trabajaba en el frigorífico
y en Astilleros...
Se admiraba de la confianza de los comerciantes de nuestra ciudad, toda vez que no ocurría lo mismo en la vecina ciudad.
Además, no mediaba ningún documento de antecedentes
laborales. Le preguntaban el nombre y lo anotaban en un cuaderno, pero otras veces ni siquiera eso, registrando simplemente una característica física de la persona: el morocho, el rubio, el flaco, etc....
¡Qué seguridad que se tenía!
SEMILLAS Y GOLOSINAS
Un producto que se vendía mucho, eran las semillas de girasol o simplemente, "semillas".
Estas venían a granel en bolsas de arpillera. Para su expendio, hacíamos cucuruchos con papel de diario en los cuales poníamos la medida; caso contrario, el contenido de la misma iba a parar directamente al bolsillo del comprador. Dicha medida era un vasito de metal, que cargábamos
al ras. Toda vez que aumentaba el precio de las semillas, achicábamos el volumen del vasito, raspándolo contra el piso. Posteriormente usamos latitas de pate de foie, en calidad de medida.
Fueron muy características las golosinas de aquellos tiempos:
Euskalduna -barra de dulce de leche compacto-, pastillas Volpe, Renomé y Billiken; gofio, chivitas, el Sen-sen de Adams - pastillitas con esencia de oruzú, consumidos por los hombres que noviaban, para tener un buen aliento-, etc. El chocolate no se degustaba tanto como ahora. Con respecto al turrón japonés, cuyo consumo en Berisso
era grande, no lo vendimos nunca; sí lo hizo, en cambio, Simón Keuchkanián, de origen armenio.
Cuando hizo su aparición la Coca-Cola en Berisso, esta bebida venía en cajones de veinticuatro botellitas. Fue tal la novedad, que vendíamos hasta veinticuatro
cajones por día. La razón de ello era que circulaba mucha gente por el lugar, particularmente entrando y saliendo por la calle Industria, donde pasaba el micro 2 del Barrio Roma.
REPARTIDOR DE DULZURAS
En Berisso teníamos a Bonetti como distribuidora de golosinas.
También existió la de Bulgheroni, quien comenzó el reparto
en una bicicleta con canasto adelante. Levantaba pedidos
-no se iba a su casa a comprarlos- y luego los distribuía personalmente. A medida que va creciendo, compra un sulky tirado por un pony, para proseguir su tarea con mayor amplitud y alcance.
Lo habíamos apodado "el mejicano" porque en verano salía
con un sombrero de paja típico de esa nacionalidad. Tras su
jubilación, comenzó a venir al quiosco a leer el diario; le ofrecí ayudarme en la atención al público,
cuestión que aceptó, por lo que lo tuve a mi lado durante varios años.
Mi padre nos pasó la "posta" en el año 1978, haciéndonos cargo del negocio. Aún trabajando en la destilería -lo hice por tres años-, al llegar a casa, lo reemplazaba, yéndose él a descansar. También mi esposa, Nelly Santilli, colaboró mucho en dicho menester.
Actualmente el quiosco mantiene el perfil de sus orígenes. En cambio, hoy en día, hay maxi-quioscos o "drugstores", donde se expenden bebidas diversas, alimentos,
yerba mate, etc.
GLICAS Y EL CENÁCULO
En aquella época, el quiosco era un punto de reunión obligado para aquellos hombres que no frecuentaban el club de barrio.
Salían de trabajar, descansaban un rato y luego iban a tomar un café, alguna copa y más tarde a charlar con el quiosquero o bien con el peluquero.
Se hablaba de política, de fútbol y en general, de diversos temas. Si bien pasaban muchos, hubo personas claves como Demetrio Glicas -Micho- y Campuris. También
Basilio, quien venía con una cajita y le cortaba el pelo a papá.
Eran tiempos de guerra en Europa, por lo que el tema principal era la estrategia militar. La información la recogían del diario La Nación. Cuando llegaban a la reunión con algunas disensiones, buscaban los periódicos viejos que se guardaban y repasaban la noticia para seguir conversando
o seguir discutiendo.
Recuerdo que cuando vivimos en la Villa San Carlos, Glicas tenía una verdulería con piso de tierra tan pulcro que parecía de cemento.
# Historias con sabor a Berisso.
Fuente; Historia de Roberto Leguiza para el facebook HISTORIAS DE BERISSO
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