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Miguel Angel Lauri
01 de Abril del 2026
Imágen Miguel Angel Lauri
Hay viajes que cambian el destino de una ciudad, y hay pasajeros que, al bajar del estribo, traen consigo una gloria que todavía no saben que poseen. En 1922, un adolescente de apenas 14 años llegaba a la zona del puerto con los ojos bien abiertos. Se llamaba Miguel Ángel Lauri. Venía de Zárate, sí, pero Berisso tiene un imán especial para las almas con fuego: una vez que pisás el empedrado de la Montevideo y sentís el olor del saladero, ya no sos de ninguna otra parte.
Miguel no tardó en demostrar que en sus piernas llevaba un motor distinto. Mientras la ciudad latía al ritmo de los turnos de la carne en el Swift y el Armour, él empezó a gastar los potreros locales. Fue en el Club Estrella de Berisso donde aquel "zarateño de nacimiento" se recibió de berisense por adopción. Con la camiseta de la "Cebra" sobre el pecho, el pibe aprendió que en esta ciudad el fútbol no es un juego, es una prolongación del trabajo: se mete, se corre y se respeta al compañero.
Cuentan los que lo vieron que cuando Miguel encaraba por la raya de cal, el tiempo se detenía. Parecía que corría por una vía invisible, dejando atrás a defensores que solo atinaban a mirar el número de su espalda. De esos desbordes en las canchas de barro de nuestra liga local, saltó directamente al corazón de Estudiantes de La Plata. Allí, junto a Zozaya, Scopelli, Guaita y "El Payo" Pellegrina, formó parte de "Los Profesores", esa delantera que jugaba al fútbol con la precisión de un relojero y la elegancia de un poeta.
Lo bautizaron la "Flecha de Oro". Un apodo que cruzó el océano cuando se fue a triunfar a Francia, al Sochaux, convirtiéndose en uno de los primeros embajadores de nuestro fútbol en Europa. Pero, aunque vistiera sedas extranjeras o la camiseta de la Selección Nacional, Miguel nunca dejó de ser aquel vecino que caminaba por la zona del puerto. Su éxito era el éxito de Berisso; su elegancia era la de un pueblo que, entre el hollín de las chimeneas, sabía distinguir la belleza de un centro bien tirado.
Hoy, en El Tranvía del Tiempo, le reservamos el asiento de primera fila. Lo vemos ahí, con su peinado a la gomina y su mirada firme, bajando una pelota imposible cerca de la orilla del río. Porque Miguel Ángel Lauri nos enseñó que se puede nacer en cualquier lado, pero se elige dónde ser eterno.
Tan honda fue su huella en nuestra ciudad que, al día de hoy, su nombre sigue siendo bandera: la Filial de Estudiantes en Berisso lleva con orgullo su nombre, manteniendo viva la llama de aquel wing que unió para siempre el sentimiento albirrojo con el corazón de la capital del inmigrante.
Él nos eligió a nosotros. Y nosotros, cada vez que el viento sopla fuerte desde la costa, juramos que todavía lo vemos correr por la banda, veloz y brillante, como una flecha que nunca termina de pasar.
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