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Comercios Históricos


Farmacia Gálvez

01 de Junio del 2026

Farmacia Gálvez

Imágen Farmacia Gálvez

  • Cargando voces...
Hoy, lejos ya del ritmo frenético del mostrador, Kiki Gálvez y Coco Damianich pasan sus días cosechando el afecto de una comunidad que no los olvida. Caminar por Berisso para ellos es recibir el saludo agradecido, la anécdota compartida y el abrazo de generaciones enteras; un reconocimiento silencioso pero gigante, la cosecha justa de haber sembrado bondad durante toda una vida. Es que hay lugares que no se miden por metros cuadrados, sino por la cantidad de silencios que han sabido consolar. Y la Farmacia Gálvez, ahí donde la calle Montevideo empieza a sentir el pulso de la 19, no fue solo un comercio; fue un santuario de la memoria colectiva de nuestro pueblo.

Durante décadas, cruzar esa puerta de vidrio era entrar a un refugio donde el frío del invierno se quedaba afuera, derrotado por la calidez humana que emanaba desde detrás del mostrador. Allí, en ese espacio donde el aroma a alcohol fino se mezclaba con el de la madera antigua, oficiaban estas dos figuras que la ciudad ya ha vuelto leyendas vivas.

Kiki no era solo el farmacéutico; era el intérprete de los miedos. Poseía esa extraña clarividencia de los boticarios de raza, capaces de descifrar el jeroglífico de una receta médica con la misma facilidad con la que leía la angustia en los ojos de una madre primeriza o el cansancio de un abuelo que ya no quería tomar más pastillas. Su voz era el primer sedante: antes de que el comprimido hiciera efecto, la palabra de Kiki ya había empezado a sanar. Tenía la paciencia de los que saben que el tiempo es, a veces, el mejor ingrediente de una fórmula magistral.

A su lado, Coco era el motor de esa maquinaria de afecto. Con una agilidad que desafiaba los años y un don de gentes que parecía inagotable, Coco convertía el acto mecánico de buscar una caja de remedios en un puente hacia la amistad. Sabía los nombres de los hijos de cada cliente, preguntaba por la salud del pariente que vivía lejos y lograba que el vecino se fuera no solo con el alivio para el cuerpo, sino con el corazón un poco más liviano. Entre los dos, sostenían un mostrador que era, en realidad, un confesionario laico.

Hoy, cuando uno pasa por la esquina, la farmacia sigue ahí. Las luces de neón parpadean, los estantes relucen y la atención sigue siendo impecable. Pero para los que conocimos el roce de aquellas manos y el tono de aquellas voces, el aire del recuerdo se siente distinto. Hay una huella invisible, una nostalgia linda que nos asalta al entrar y evocar esa mirada cómplice sobre los anteojos de Kiki o la sonrisa siempre lista de Coco.

Fueron centinelas de nuestra historia. Vieron pasar las crisis del país, las inundaciones de nuestras calles y el crecimiento de generaciones enteras que pasaron de comprar caramelos de propóleo a buscar remedios para el corazón. En el brillo de la madera del mostrador, si uno presta atención, todavía se puede sentir la vibración de sus consejos dados a media voz, de ese "tomate esto y quedate tranquilo" que era, en el fondo, una bendición.

Berisso sigue su marcha, ruidosa y apurada. Pero en el cruce de la Montevideo, cuando el sol cae y las sombras se alargan, muchos sentimos que una parte de nuestra identidad sigue custodiada por ellos. Porque aunque el tiempo pase y los nombres cambien, en el ADN de esa esquina vivirán por siempre Kiki y Coco, recordándonos que la medicina cura el cuerpo, pero solo la bondad es capaz de curar el olvido.

Agradecimientos:
Nuestro profundo agradecimiento a las familias Gálvez y Damianich por abrir las puertas de su intimidad y confiar en este espacio para resguardar su historia. Un reconocimiento especial a Viviana Damianich, cuya invalorable gestión y calidez hicieron posible este puente, y a Marcelo Gálvez, por el generoso aporte de las imágenes que hoy ilustran nuestra memoria colectiva.

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Respondiendo a: VivianaDamianich
Usuario: VivianaDamianich || Fecha: 2026-06-01 16:40:09

Muchas gracias por recordar con tanto cariño a mi papá Coco y mi tío Kiki

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