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Farmacia Gálvez

13 de Enero del 2026

Farmacia Gálvez

Imágen Farmacia Gálvez

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Hay lugares que no se miden por metros cuadrados, sino por la cantidad de silencios que han sabido consolar. La Farmacia Gálvez, ahí donde la calle Montevideo empieza a sentir el pulso de la 19, no es solo un comercio; es un santuario de la memoria colectiva de Berisso. Durante décadas, cruzar esa puerta de vidrio era entrar a un refugio donde el frío del invierno se quedaba afuera, derrotado por la calidez humana que emanaba desde detrás del mostrador.

Allí, en ese espacio donde el aroma a alcohol fino se mezclaba con el de la madera antigua, oficiaban dos figuras que hoy el tiempo ha vuelto leyendas: Kiki Gálvez y Coco Damianich.

Kiki no era solo el farmacéutico; era el intérprete de los miedos. Poseía esa extraña clarividencia de los boticarios de raza, capaces de descifrar el jeroglífico de una receta médica con la misma facilidad con la que leía la angustia en los ojos de una madre primeriza o el cansancio de un abuelo que ya no quería tomar más pastillas. Su voz era el primer sedante: antes de que el comprimido hiciera efecto, la palabra de Kiki ya había empezado a sanar. Tenía la paciencia de los que saben que el tiempo es, a veces, el mejor ingrediente de una fórmula magistral.

A su lado, Coco era el motor de esa maquinaria de afecto. Con una agilidad que desafiaba los años y un don de gentes que parecía inagotable, Coco convertía el acto mecánico de buscar una caja de remedios en un puente hacia la amistad. Sabía los nombres de los hijos de cada cliente, preguntaba por la salud del pariente que vivía lejos y lograba que el vecino se fuera no solo con el alivio para el cuerpo, sino con el corazón un poco más liviano. Entre los dos, sostenían un mostrador que era, en realidad, un confesionario laico.

Hoy, cuando uno pasa por la esquina, la farmacia sigue ahí. Las luces de neón parpadean, los estantes relucen y la atención sigue siendo impecable. Pero para los que conocimos el roce de aquellas manos y el tono de aquellas voces, el aire se siente distinto. Hay un hueco invisible, una especie de orfandad que nos asalta al entrar y no encontrar esa mirada cómplice sobre los anteojos de Kiki o la sonrisa siempre lista de Coco.

Fueron centinelas de nuestra historia. Vieron pasar las crisis del país, las inundaciones de nuestras calles y el crecimiento de generaciones enteras que pasaron de comprar caramelos de propóleo a buscar remedios para el corazón. En el brillo de la madera del mostrador, si uno presta atención, todavía se puede sentir la vibración de sus consejos dados a media voz, de ese "tomate esto y quedate tranquilo" que era, en el fondo, una bendición.

Berisso sigue su marcha, ruidosa y apurada. Pero en el cruce de la Montevideo, cuando el sol cae y las sombras se alargan, muchos sentimos que una parte de nuestra identidad sigue custodiada por ellos. Porque aunque los nombres cambien, en el ADN de esa esquina vivirán por siempre Kiki y Coco, recordándonos que la medicina cura el cuerpo, pero solo la bondad es capaz de curar el olvido.

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Este sitio sobre la ciudad de Berisso es una ventana a todo lo que hace única a esta localidad ubicada en la provincia de Buenos Aires, Argentina.Aquí se destaca su ubicación y su importancia histórica.

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