Nacer y crecer en Los Talas marca el temple. Allí, donde la tierra exige esfuerzo y el sol y las sudestadas no perdonan, Nélida forjó su espíritu. Desde muy pequeña, supo lo que era hundir las manos en la quinta familiar, aprendiendo que nada se logra sin trabajo y que la vida, como la cosecha, depende de la constancia.
Esa misma fuerza que usaba para la quinta, la usó para cuidar de los suyos. Nélida no fue una mujer de palabras suaves, sino de acciones contundentes. Fue el sostén de sus padres y la mano que cuidó a su suegro en el invierno de sus vidas, entendiendo el respeto por los mayores como un mandato sagrado.
Pero su historia no se escribe sola. Junto a su compañero de vida, Lino Pinarello, formaron mucho más que un matrimonio; construyeron un refugio de puertas abiertas. Cuando el destino golpeó la puerta de su hermana y dejó a sus sobrinos huérfanos de padre, Nélida y Lino no lo dudaron. Juntos, se cargaron al hombro la crianza de esos chicos. Aunque ellos tenían a su mamá, Nélida y Lino fueron los que terminaron de darles el cobijo, el plato de comida y la estructura necesaria para que crecieran con un rumbo. Mientras Lino ponía la nobleza de sus manos artesanas, Nélida ponía el cuidado incansable y la vigilancia de una leona.
Nélida tenía un carácter temperamental, de esos que a veces generan chispas y divisiones. Era una mujer de convicciones fuertes y acciones directas, de esas que en su afán por proteger o marcar el camino, a veces causaban distancias. Pero detrás de ese carácter indomable, latía un corazón inmenso. Un corazón que, junto a Lino, decidió que ningún sobrino se quedaría atrás.
Em abril del 2025 Nélida partió para reencontrarse con su carpintero, dejando un vacío que se siente en cada rincón. Se fue la mujer de Los Talas, la que trabajó la quinta, la que cuidó a los viejos y la que, en silencio y con coraje, fue madre para tantos. Su legado no está en los titulares, sino en la entereza de la familia que ayudó a formar.
Hoy, su nombre sube al "Tranvía del Tiempo" para recordarnos que la verdadera inspiración suele tener las manos curtidas, un carácter de hierro y un corazón que, por amor, fue capaz de sostenerlo todo.
Almas que inspiran es un tributo a personas que no aparecieron en los titulares ni buscaron ser el centro de atención. Su grandeza no se midió en fama, sino en los corazones que han tocado, en las sonrisas que han provocado, en las vidas que han cambiado sin siquiera darse cuenta.
Son esas manos que ayudaron sin que se las pidan, esas miradas llenas de comprensión, esas voces que reconfortan en los momentos más difíciles, en los días grises donde una palabra amable puede ser un refugio, donde un gesto desinteresado puede devolver la fe en la humanidad. Son quienes extendieron la mano cuando nadie más lo hizo, quienes regalan su tiempo, su esfuerzo y su amor sin espera.
Porque la verdadera inspiración no siempre viene de los flashes, sino de aquellos que iluminan el mundo con su esencia, con su bondad natural, con el simple hecho de estar y hacer el bien. Son faros en la niebla de la indiferencia, pequeñas luces que, juntas, hicieron de Berisso un lugar más humano, más cálido, más lleno de vida. Sus actos pueden parecer pequeños a simple vista, pero en realidad fueron los hilos invisibles que tejieron la esencia de la ciudad.