Hay nombres que en Berisso funcionan como un código de nobleza, y el de Domingo Tomas es, sin duda, uno de ellos. Años después de su partida, el recuerdo de aquel hombre flaco y laborioso que fue el alma de “La Central” sigue vivo, no solo en las telas que vendió, sino en las huellas que dejó en la comunidad.
En la intimidad del hogar, Domingo fue un maestro de la pedagogía del ejemplo. Fue el padre que, con una sabiduría campera, enseñó a sus hijas a no temerle a las caídas, obligándolas a montar de nuevo el tordillo que las había volteado. Fue el hombre capaz de transformar el enojo en risas cuando una pipa rota y mal pegada por su hijo se derritió en pleno uso. Pero, sobre todo, fue el guardián del sueño: aquel que en los inviernos crudos caminaba en puntas de pie por la casa para tapar a sus hijos, intuyendo el frío antes de que ellos mismos lo sintieran.
Domingo amaba la naturaleza mucho antes de que fuera una moda. En sus viajes a Los Talas o Bariloche, les enseñó que cuidar el agua y la tierra era una forma de respeto. Admiraba la bondad de los hombres de campo, como Don Roque Cruz, y esa misma nobleza fue la que llevó a su vida pública.
En la calle, Domingo era el mismo que en casa. Fue el motor detrás de la creación de la Escuela N°7, dándole futuro a familias enteras. Fue el chofer generoso que prestaba su auto y su tiempo para llevar a las novias al altar. Fue el comerciante que confiaba en la palabra de las "chicas de la hilandería", entregando mercadería "al fiado" sin más garantía que un apretón de manos, sabiendo que la honestidad era una moneda corriente.
Como dice la canción, en estos tiempos mezquinos donde nadie parece escuchar, la vida de Domingo Tomas se alza como un faro. No hubo fisuras en él: fue el mismo hombre bajo la luz de su casa que bajo la luz de su negocio. Sembró respeto, sembró trabajo y, sobre todo, sembró coherencia. Por eso hoy, Berisso sigue cosechando su recuerdo con tanto cariño.
Fuente: Diario El Mundo de Berisso
Almas que inspiran es un tributo a personas que no aparecieron en los titulares ni buscaron ser el centro de atención. Su grandeza no se midió en fama, sino en los corazones que han tocado, en las sonrisas que han provocado, en las vidas que han cambiado sin siquiera darse cuenta.
Son esas manos que ayudaron sin que se las pidan, esas miradas llenas de comprensión, esas voces que reconfortan en los momentos más difíciles, en los días grises donde una palabra amable puede ser un refugio, donde un gesto desinteresado puede devolver la fe en la humanidad. Son quienes extendieron la mano cuando nadie más lo hizo, quienes regalan su tiempo, su esfuerzo y su amor sin espera.
Porque la verdadera inspiración no siempre viene de los flashes, sino de aquellos que iluminan el mundo con su esencia, con su bondad natural, con el simple hecho de estar y hacer el bien. Son faros en la niebla de la indiferencia, pequeñas luces que, juntas, hicieron de Berisso un lugar más humano, más cálido, más lleno de vida. Sus actos pueden parecer pequeños a simple vista, pero en realidad fueron los hilos invisibles que tejieron la esencia de la ciudad.