Guardias de la Comunidad
Bomberos Voluntarios de Berisso
19 de Mayo del 2025
Imágen Cuartel Central Bomberos Voluntarios de Berisso
Berisso no nació de grandes avenidas ni de cúpulas doradas. Nació del esfuerzo. Nació de la tierra húmeda, del río imprevisible, de los obreros en el frigorífico, de las quintas en la isla, de la hilandería inglesa y del puerto lleno de voces extranjeras que trajeron sueños en valijas de cartón.
Era 1871 y el pueblo apenas era un susurro de casas de madera y chapas que el viento golpeaba sin clemencia. Allí, entre inundaciones que dejaban a familias enteras sin nada y llamas que devoraban hogares en minutos, nació una urgencia que no se podía ignorar: la de cuidarse entre todos.
Durante años, cuando el fuego rugía o el río avanzaba con furia, la gente corría a pedir auxilio a Ensenada. Pero el tiempo de depender de otros terminó. El 25 de abril de 1924, un grupo de inmigrantes, con el corazón lleno de coraje, fundó la Sociedad de Bomberos Voluntarios de Berisso. Aquel gesto, humilde pero inmenso, fue encabezado por Domingo Leveratto, cuyo nombre se escribió para siempre en el alma de la ciudad.
Desde entonces, cada llamado, cada sirena, cada guardia fue parte de un legado que no busca reconocimiento, sino simplemente cumplir con la promesa de estar.
La historia del cuartel se tejió con cenizas, barro y valentía. Las inundaciones de 1940 no borraron su espíritu. La explosión del buque San Blas en 1944 no los detuvo. Ni los incendios dantescos de la Destilería en 1953, 1957, 1983 y 1995. Tampoco el estallido simultáneo de tres buques tanque en 1968, el choque de trenes en 1981, ni los siniestros industriales que estremecieron a la región en 2010 y 2013.
Allí estuvieron. Siempre. Sin preguntar por nombres, sin mirar la hora, sin medir el riesgo.
El cuartel creció con el pueblo. Hoy hay destacamentos que laten en distintos barrios, brazos extendidos de una misma misión. Oficinas, talleres, salas de capacitación… todo funciona, pero lo que impulsa a esa institución no son los ladrillos, ni los vehículos, ni siquiera el equipamiento moderno. Lo que realmente sostiene al cuartel es invisible: la vocación.
No hay título que pueda enseñar lo que es dejar todo para ir al encuentro del peligro. Lo que es calzarse el uniforme cuando todos duermen. Lo que es mirar a los ojos a una madre desesperada, a un niño asustado, y saber que uno está ahí para ser abrigo en medio del caos.
Esa entrega, esa pasión, esa humanidad intacta, se renueva todos los días con cada práctica, cada capacitación, cada vez que una mano se levanta para decir: “yo voy”.
Berisso, esa ciudad que supo parirse desde la esperanza y el trabajo, encontró en sus bomberos a su reflejo más noble. Por eso no es casual que cada 2 de junio se unifiquen los homenajes. Porque no se trata solo de un aniversario: se trata de honrar una forma de vivir.
Una forma de vivir que empezó en 1924, pero que no tiene final. Porque mientras haya fuego, agua o sombra, mientras haya peligro o necesidad, ellos seguirán ahí. Como desde el primer día. Como si Leveratto acabara de dar el primer paso.
Porque hay llamas que destruyen. Pero hay otras, como la que arde en el corazón de los Bomberos Voluntarios de Berisso, que iluminan para siempre.
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