Lino Pinarello nació el 2 de julio de 1932 en la Provincia de Córdoba, hijo de inmigrantes italianos que trajeron consigo el legado de un trabajo arduo y un espíritu de lucha que definiría toda su vida.
Su padre, Antonio Pinarello, y su madre, Ángela Zechel,cultivaron en él un amor profundo por las manos que crearon y el respeto por el trabajo honesto. La familia, llegada desde Italia, se asentó en Berisso, donde Lino crecería, sin saber aún que su destino estaba marcado por el aroma a madera y el sonido del martillo.
Desde joven, Lino comenzó a esculpir su camino en la carpintería, sin necesidad de mucha enseñanza formal, pues su talento era innato. Con el tiempo, el trabajo de sus manos se convirtió en una obra de arte, y su carpintería, ubicada en la esquina de Guayaquil y Ensenada, se convirtió en una referencia para todos los que valoraban el buen oficio y la dedicación.
Allí, el tiempo parecía detenerse, como si cada mueble que creaba, cada pieza de madera que tocaba, contara la historia de su vida, de sus raíces italianas y de su amor por lo que hacía.
A lo largo de las décadas, el nombre de Lino Pinarello se convirtió en sinónimo de calidad, dedicación y pasión por el trabajo bien hecho. En su taller, no solo se construían muebles, se tejían historias. Cada pieza que salía de su carpintería estaba impregnada de la esencia de su vida: una vida de sacrificios, de días largos bajo el sol, de noches a la luz de una lámpara, dándole forma a la madera.
La ciudad de Berisso, que lo vio nacer, se convirtió en su escenario, y cada cliente que pasaba por su taller no solo encontraba un mueble, sino una parte de su alma, de su historia.
La gente de Berisso, y también aquellos que venían de otras ciudades, sabían que, al entrar al taller de Lino, no solo estarían encargando una mesa o una silla, sino que estaban recibiendo una obra única, cargada de dedicación, empeño y amor por lo que hacía. Lino siempre estaba dispuesto a escuchar las ideas de sus clientes, a entender sus deseos, para después darles vida a sus muebles.
Sus manos, marcadas por el paso de los años y el trabajo constante, se movían con una precisión que parecía conocer la madera mejor que nadie. Cada corte, cada ensamblaje, parecía tener un propósito, un sentido profundo. Los detalles de cada mueble no eran solo ornamentales, eran arte.
El tiempo, implacable como siempre, seguía su curso, pero Lino nunca permitió que la vida moderna o las modas pasaran por encima de su visión. Él vio en la madera algo que trascendía el uso cotidiano, algo que conectaba a las personas con sus raíces, con sus tradiciones. Por eso, en su carpintería nunca faltaba el sabor de lo antiguo, lo genuino.
Cada mueble que creaba era una pequeña pieza de historia, que guardaba no solo la impronta de su trabajo, sino también la de aquellos que lo habían encargado. La calidad de sus piezas, su resistencia, el cuidado en cada detalle, se convirtió en sinónimo de perdurabilidad. Los muebles de Lino no solo resistían el paso del tiempo en la madera, sino también en el cariño de quienes los poseían.
La carpintería de Lino no era simplemente un negocio; era un refugio para él, un espacio donde se encontraba paz en medio del bullicio de la vida cotidiana. Cada madera que tocaba parecía contarle un relato, cada viga, una historia de su gente, de sus raíces italianas, de su familia que, a pesar de estar lejos de su tierra natal, mantenía viva la tradición del trabajo duro, de la honestidad y de la belleza sencilla. Y en cada golpe de su martillo, en cada curva que daba a una mesa o en el acabado final de una silla, se sentía la huella de esa herencia.
Don Lino nos dejó en noviembre de 2006, pero su legado sigue vivo en cada pieza que creó, en cada historia que compartió y en el espíritu que impregnó en cada rincón de su taller. Hoy, en Berisso y más allá, su nombre continúa siendo sinónimo de arte, de dedicación y de un amor profundo por el trabajo bien hecho. Aunque no esté básicamente con nosotros, su alma perdura en cada mueble que dejó, en cada cliente que recibió una obra única y, sobre todo, en los recuerdos de aquellos que tuvieron el honor de conocerlo. Su legado sigue siendo eterno, como la madera que tanto amaba.
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Almas que inspiran es un tributo a personas que no aparecieron en los titulares ni buscaron ser el centro de atención. Su grandeza no se midió en fama, sino en los corazones que han tocado, en las sonrisas que han provocado, en las vidas que han cambiado sin siquiera darse cuenta.
Son esas manos que ayudaron sin que se las pidan, esas miradas llenas de comprensión, esas voces que reconfortan en los momentos más difíciles, en los días grises donde una palabra amable puede ser un refugio, donde un gesto desinteresado puede devolver la fe en la humanidad. Son quienes extendieron la mano cuando nadie más lo hizo, quienes regalan su tiempo, su esfuerzo y su amor sin espera.
Porque la verdadera inspiración no siempre viene de los flashes, sino de aquellos que iluminan el mundo con su esencia, con su bondad natural, con el simple hecho de estar y hacer el bien. Son faros en la niebla de la indiferencia, pequeñas luces que, juntas, hicieron de Berisso un lugar más humano, más cálido, más lleno de vida. Sus actos pueden parecer pequeños a simple vista, pero en realidad fueron los hilos invisibles que tejieron la esencia de la ciudad.